Porque en algún punto coincidimos...

lunes, 23 de mayo de 2011

EN LA MORGUE

Paredes blancas, un café, otro amanecer y el mismo rayo de luz prestada de a ratitos, cuando se destraba el gabinete.
Al momento de cruzar las vías, por alguna razón o por coincidencia total, dejó de galopar el corazón. No, no fue el tren. Apoyó, como siempre, medio cuerpo doblado sobre la estructura de caño que demora al caminante para que observe, y observó a cada lado y no escuchó ni el silbato, ni la campanilla, ni vio la polvareda, ni temblaba el piso como si un ejército, de hormigas enormes como perros, estuviera por salir de algún agujero, todas a la vez. De aquello no sintió nada, o no pudo darse cuenta.
El sol caía de frente, por eso le quedó el ceño fruncido, con los párpados achinados por el esfuerzo, apenas veía los rayos cayendo como lanzas que, desde todas las direcciones, apuntaban hacia él.
Había tomado un par de mates y sentía, cada tanto, como si la panza se hubiera querido contraer desde los costados hacia el ombligo; una cosa rara que molestaba en la garganta solo un poco, cuatro o cinco veces nomás. Sentía la sensación previa al bostezo que, aunque uno hubiera querido atajarla, lo habría hecho bostezar igual. Hacía una hora se había levantado con buen humor y caminó tres cuadras con el sol de frente, con ese malestar como si el mate se hiciera un bollo y quisiera salirse. Una bolita que empezó como un maní, se fijó en su estómago como una nuez, y se asentó como una pelota de tenis que subía rebotando por adentro del ombligo. Creció hasta simular una indigestión que, luego de echar raíces, tiró sus lazos como hiedra y se obsesionó con abrazarle el pecho dándole un sofocón. Un sudor frío le mojaba la frente.
El hombro izquierdo pegó un tirón profundo, tuvo que cambiar el bolso al otro brazo y llegó a la estructura de caños amarillos con una contracción en el abdomen que se extendía, un tentáculo le apretó fuerte la espalda y aquella indigestión endureció su mandíbula justo ahí, en el descanso, antes de cruzar las vías, con el bolso al otro lado, con el sol de frente, con otra contracción y la quijada rígida y un dolor en el pecho. Justo ahí, en la estructura amarilla, cuando se detuvo a esperar que pase el tren.

Laura Ororbia (Diciembre 2010)

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