Porque en algún punto coincidimos...

miércoles, 26 de enero de 2011

MALDITA DISTANCIA

Bastó una llamada telefónica para que un padre y su hijo volvieran a encontrarse.
Treinta años de distancia y silencio los separaron por esas cosas incomprensibles de la vida.
Estar frente a frente les hizo erizar toda su piel y buscar entre las canas y arrugas del presente, aquella borrosa imagen del pasado.
Un fuerte abrazo fue el primer contacto, le siguieron besos y los aromas de sus pieles, lágrimas que se mezclaban con palabras entrecortadas apabulladas por la emoción y acariciaron sus rostros en un intercambio por secarse las mejillas.
Después, una mesa, una botella de vino y dos copas.
Para brindar - dijo alguien - y entre copa y copa se sumaron los silencios de la prolongada ausencia.
El efecto del alcohol sumado a sus frustraciones no se hizo esperar. Aquellos rostros que demostraran la emoción del encuentro, ahora lucían irascibles, cargados de odios y sed de violencia.
Hubo un primer empujón, los golpes se sucedieron como luces de bengala hasta que quedaron exhaustos tirados en el piso y entre sollozos y arrepentimientos sobrevino un escalofriante silencio.
A la mañana siguiente en el matutino local, un aviso destacado rezaba en su mensaje: “El Señor José Giménez y su hijo Juan de barrio Santa Clara, solicitan una entrevista con el señor recolector de residuos que trabajara en esa zona entre los años setenta y noventa, por si sabe dónde se enterraron las bolsas de basura de su casa, para tratar de encontrar su pasadO.

Raúl Lelli

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